
Todo empezó en Davos, sentado Zapatero entre Letonia y Grecia, dando pie a que España sea considerado un país de segunda división por gran parte de la prensa extranjera. Y eso que es el presidente de turno. Luego, ya en casa, anunció el aumento de la edad de jubilación y ahí ya se armó la marimorena. Hasta los sindicatos se encocoraron, le plantaron cara, y eso que comen de su mano, y le avisaron de grandes protestas y manifestaciones.
Más tarde vino el tira y afloja del Desayuno de Oración, donde Obama le dio plantón, y mientras él leía el Deuteronomio aquí se debatía la sinrazón de enviar un documento a Bruselas donde se exponían algunas medidas para atajar la crisis, y a continuación rectificar.
Fue una “semana horribilis”. Tan “horribilis” que durante la visista de un grupo de niños que visitaba el Senado les dijo: “Encontrarme con vosotros es lo mejor que me ha podido pasar esta mañana”.
Cuando arranca la temporada del marzuelo, la primera seta del año en Castilla y León, cuna del presidente que es de carne y hueso como tú y como yo, Zapatero anda falto de cariño. Y, especialista en fotografías sanadoras, no ha podido encontrar mejor ocasión que los Premio Goya.
Por primera vez el presidente y su esposa Sonsoles, tan remisa a aparecer en público, recibieron a los galardonados por la Academia de Cine. Rodeado de triunfadores y talentosos actores y directores del cine patrio, con “cabezón” en la mano prestado por alguno de ellos, Zapatero se sintió rejuvenecer.
Y una vez más se puso lírico y soltó algunas frases de esas que nacen de los adentros: “Frente a los agoreros, el cine español siempre resucita”. O ésta tan hermosa: “Un cine fuerte corresponde a un país fuerte”. Y no sigo porque las lágrimas acuden a mis ojos.