
Agradecidos hemos de estar a Belén Esteban. Convertida en fenómeno sociólogico, antropológico y mediático sin saber ella por qué, analistas de la cosa explican a través del personaje cómo es nuestra sociedad, cómo somos nosotros y hacia dónde nos dirigimos. Si retrocedemos hasta el pitecantropus de Java o nos quedamos en el homo sapiens.
El divorcio (dicen que es un montaje) de esta chica de 36 años, arreglá pero informal, en el polo opuesto de lo que se entiende por glamour, ha acaparado las portadas de la gran mayoría de revistas del corazón (Hola no se atreve por aquello de los torcimientos).
Prensa escrita y digital se hacen eco constantemente de los avatares de esta humilde vecina de Madrid, que veranea en Benidorm. Desde hace una década se mantiene misteriosamente en el candelabro, como diría Mazagatos, en unos tiempos que el consumo en general y el de televisión en particular, es más rápido que la velocidad de la luz.
¿Dónde tiene el punto Belén Esteban? ¿En su vulgaridad? ¿En su espontaneidad? ¿En que suelta lo primero que le viene a la cabeza sin encomendarse a Dios ni al Diablo, que es lo que nos gustaría hacer al 90 por 100 de los mortales?
El filósofo Fernando Savater, toda una eminencia, dice de la enemiga de Campanario que “el nivel cultural de este país es tal que encontrar a alguien que está por debajo satisface a muchos”. Y añade, “es como las mujeres que tienen una amiga más fea para parecer ellas más guapas”.
Natural como la vida misma, Esteban ofrece diariamente a sus seguidores su reality real, valga la repugnancia.
Tanto es así que en una encuesta de CN Report para el diario La Razón, el 80% de los españoles sabe quién es la madre de Andreíta, pero sólo un 36% pone nombre a la vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Economía, Elena Salgado.
Algunos sociólogos achacan el éxito de esta muchacha a que somos unos “voyeurs solitarios” y concretamente Enrique Gil Calvo aprecia que “no se disfraza de nada, triunfa siendo ella misma. En un circo de máscaras y fantasmones ficticios, ella se muestra moralmente desnuda, sin adornos. Una desnudez moral que no es obscena ni impúdica, sino al natural, como un diamante en bruto”.
Nadie se priva de emitir un juicio, tampoco la que suscribe, sobre la copresentadora de Sálvame. El periodista Juan Cruz, escribía en El País, “exprimen a Belén lágrima a lágrima”. Su compañero Carlos Boyero pontifica en su columna:”Es imposible no flipar con las razones de la indiscutible monarquía de Belén Estaban en el corazón del pueblo llano”.
Antonio Burgos dedicó en su página de ABC un articulo titulado Todos belenistas, ¿me entiendes? Y en el mismo periódico, el columnista y editorialista Ignacio Camacho descalificó al actor Willy Toledo por sus declaraciones respecto al disidente cubano fallecido tras una huelga de hambre así: “Su opinión política tiene el mismo valor que la de Belén Esteban”.
Para el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss no existe una diferencia significativa entre el pensamiento primitivo y el civilizado. Pero dijo: “Cansa el primitivismo de la televisión”.