Mal, muy mal. No tiene ningún sentido que alguien muera haciendo una huelga, cuando éstas son para mejorar una situación y no para empeorarla.
De la misma forma que los piquetes tienen sentido cuando hacen su labor y no cuando intentar convertir en obligación un derecho. Porque es cierto que si unos compañeros de profesión siguen trabajando mientras tú estás en huelga, duele en lo más hondo, pero ello no tiene que significar que se tenga que pagar un precio tan alto. Si la gasolina cuesta más de lo que vale, no hagamos por ello que la vida cueste menos de lo que vale.
También es cierto que hay huelgas que se entienden mejor y otras que están condenadas socialmente, como por ejemplo la de los pilotos (aunque seguro que en breve me arrepentiré de haberlos nombrado, con lo tranquilos que están). Lo mismo está ocurriendo con los transportistas, a los que todos apoyamos mientras que no nos molesten.
De eso se han llenado las televisiones; de ciudadanos empeñados en decir que los transportistas tienen toda la razón del mundo pero que "no toquen las narices" a los demás. Y no es por criticar, pero los españoles tenemos muy poca paciencia y aun menos empatía. Sobre todo porque nos entra la ezquizofrenia de ir a los supermercados a dejar las estanterías vacías y los surtidores de gasolina bajo mínimos, como si ante un ataque nuclear estuviéramos, cuando el gobierno no para de asegurar que el abastecimiento no faltará. Hombres de poca fe...
Al ver a todos haciendo una compra tres veces más grande de lo habitual, uno se pregunta dónde quedó la crisis.
Más vale que esta huelga no dure mucho más (pese que a algunos les moleste que se solucione) por el bien de todos y sobre todo, por el bien de todos los transportistas, para que no tengamos que ver a nadie más, nunca, morir defendiendo sus derechos. Hasta entonces; paciencia, y si en el "súper" no hay fruta, no nos agobiemos, al menos por ahora.