Pocas cosas se mantienen intactas después de 30 años. Las personas sufren infinitos cambios desde que nacen hasta que mueres y, evidentemente, buena parte de esos cambios ocurren en los primeros 30 años. El entorno cambia, el lenguaje y la forma de concebir el mundo. Todo cambia.
La única forma que conocemos de asimilar estos cambios y aprovechar lo que nos pueden aportar es adaptarnos y cambiar nosotros también. De esta forma, pasamos a estar adaptados con una realidad que cambia, cada vez con más rapidez.
¿Se imaginan encontrarse con alguien que sigue igual que en 1978? O más fácil aún, si ven vídeos caseros de ustedes mismos de hace unos 30 años ¿se reconocen? Probablemente no. Porque 30 años son muchos años.
Sorprendentemente, el marco actuación de todos los españoles sigue intacto a pesar del paso del tiempo. Nuestra Constitución, que tiene más sentido que el de ofrecernos un puente de vacaciones, ha logrado sobrevivir al paso de los años y adaptarse a los cambios que en estos 30 años se han producido. Sin duda es un logro de los "Padres de la Constitución".
Pero el inmovilismo no debe ser convertido en un valor en si mismo. 30 años despúes, los "Hijos e hijas de la Constitución" tienen, lógicamente, 30 años y no ven España como la veían los políticos hace 30 años. Y eso es bueno.
Esa nueva visión no debería causar miedo, sino admiración. Admiración por el hecho de ver que 30 años después, se sigue teniendo interés por hablar sobre la Constitución, por debatir su forma, por criticar su contenido y por querer actualizarla. Que exista este debate no resta valor a la Constitución, sino todo lo contrario; la llena de vida.
Mucho peor sería que nadie se interesara por ella, pues eso significaría que su importancia sería nula. Por eso, aprovechemos la madurez de nuestra Constitución para hablar sin miedo sobre posibles modificaciones, rectificaciones y ampliaciones, porque la madurez de la Constitución es un reflejo de la madurez de sus ciudadanos.