Yo, Felipe, Príncipe de Gerona, Duque de Montblanc y Señor de Balaguer, reúno suficientes títulos catalanes, además de Heredero a la Corona, para felicitar a quienes finalmente se lleven el gato al agua en la Generalitat, dicho sea con humor y sin ánimo de molestar.
Esta noche de Todos los Santos me absorben las elecciones de Cataluña. Voy a ser claro. Yo no me meto en política porque así lo dictaminan mis obligaciones y, sinceramente, tampoco van por ahí mis devociones. Prueba de mi neutralidad es la imagen que acompaña este post.
Pero también entre mis obligaciones figura estar al loro de la política nacional. Paradojas de la vida, paradojas de un Heredero.
Ya sé, ya sé, que los comicios de hoy eran autonómicos, no nacionales, pero está claro el trasvase de políticas entre los palacios de San Jaume y el de la Moncloa. Porque, ojo al dato, aquí viven en palacios, aparte de Su Majestad el Rey, algunos gobernantes cuyo izquierdismo o republicanismo no hace ascos a semejantes residencias. No es mi caso, porque yo habito el Pabellón del Príncipe.
Pues eso, una vez revisadas las audiencias que tengo el Día de Difuntos antes de viajar a Orense, me he aplicado a seguir los primeros datos del recuento electoral. Dispongo de la inestimable ayuda de la Princesa de Asturias para interpretar con su natural perspicacia los datos que van apareciendo.
Cuando ha vuelto de dejar acostada a nuestra Hija le he preguntado por un palabro que repiten los comentaristas en la tele: “¿Qué es eso de la sociover... qué?”. La “sociovergencia” me ha aclarado, es la alianza de socialistas y convergentes. Es decir, que en Cataluña huele nuevamente a tripartito... salvo que Rodríguez Zapatero y Artur Mas vuelvan a fumarse un puro.
La participación (sobre eso sí puedo opinar) ha sido más bien rácana, para qué nos vamos a engañar. Que tomen nota los partidos más perjudicados, los mayoritarios. Cuando termina el recuento de votos, digo yo que el que más haya obtenido debería proclamarse ganador y gobernar. Pero no, la política -en la que yo no entro- tiene sus propias reglas.
Desde mi condición de Heredero cumplo mi papel de mostrarme conforme con lo que digan las urnas y con lo que pacten los representantes de la soberanía popular. Y que Dios, desde su sabiduría y misericordia, reparta suerte. Que mis queridos catalanes se la merecen.