Ahora que ha pasado, lo puedo decir. Hasta pocos días antes de la beatificación en Roma de los mártires de la Guerra Civil se estuvo sopesando la conveniencia, o no, de que a esa ceremonia acudiera algún miembro de la Familia Real. Al final ha sido que no, pero se ha librado una guerra sorda.
Para buena parte del Episcopado español, más que para la Curia Romana, siendo la Monarquía española formalmente católica, aunque en un Estado aconfesional, era obligada su presencia en un acto de tanto significado en la Iglesia y en la Historia de España.
Pero junto a eso estaba la coincidencia de la beatificación con la polémica nacional en torno a la Ley de Memoria Histórica y con otra polémica no menos peliaguda: el papel de la emisora de los obispos en operaciones de descrédito de Su Majestad. Y como música de fondo el runrún republicano que no cesa.
La ausencia del Rey en la Plaza de San Pedro estaba más que justificada por razones de protocolo. Era ceremonia de rango secundario al tratarse de beatificaciones, no canonizaciones. Pero, además, si no la iba a presidir Su Santidad como Jefe del Estado Vaticano, tampoco correspondía la asistencia de Su Majestad.
Pero -y eso ha sido lo más arduo de resolver- algunos monseñores de la Conferencia Episcopal estimaban que deberían acudir los Príncipes de Asturias o alguna de las Infantas u otro familiar directo del Rey.
Tras el revuelo por las palabras de mi Augusto Padre a la presidenta madrileña, tras el amago del PSOE de llevar en su programa la revisión del Concordato, etc., sólo la habilidad diplomática del Jefe de la Casa, Alberto Aza, con la inestimable ayuda del cardenal de Sevilla, Carlos Amigo, consiguió que la ausencia de la Familia Real no haya sido motivo de polémica. Y aquí paz y después gloria.
No obstante, como Heredero se me presenta el problema futuro de ir separando más la Corona de la Iglesia, pues constitucionalistas de izquierda como Peces-Barba están pronunciándose contra el formato católico de las ceremonias solemnes de la Monarquía.
Tiempo habrá para todo, digo yo. Ahora intento descansar un poquito de la semana frenética en Asturias, donde todo fue muy bien, mi Amada Esposa muy lucida, con el único borrón de la fea ausencia de Bob Dylan en la entrega de los Premios. De buen agradecido habría sido enviar un representante a recoger el galardón y, desde luego, no haber firmado un mensaje tan poco afortunado como el que recibimos de Robert Allen Zimmerman.