Me ha resultado familiar esa cara de Su Majestad, mirada fija con una mano hacia adelante y labios estirados sobre mandíbula apretada. El gesto que compuso para acallar a Hugo Chávez -por cierto, sin conseguirlo- es el que recuerdo de Mi Augusto Padre en las escasas veces que lo he visto (o lo he padecido) con enfado superlativo.
Todo el mundo reconoce en Él al Borbón campechano y dicharachero -rasgos que a Mí no me adornan-, pero pocos habían comprobado que cuando hace falta también le echa un par de... borbones.
¿Es bueno o malo que las televisiones de todo el mundo repitan las imágenes del Rey de España abroncando a Chávez? A los ojos del pueblo español ese arranque de nobleza y valentía ha prestigiado su figura. Pero por lo que me han enseñado y lo que he consultado a asesores de la Casa, mejor que Su Majestad no vuelva a protagonizar otra situación parecida.
Por cierto, que no sé si lo ocurrido en la Cumbre habrá repercutido en el recital que Serrat y Sabina tenían programado el domingo en Caracas.
La Corona tiene una función de representación del Estado y de moderación entre poderes, esto último más en teoría que en la práctica. En la medida que el Monarca entre en debates o haga explícita su autoridad, se multiplica el peligro de desgaste de la Monarquía.
Con la información, digamos privilegiada, de que dispongo y sin vulnerar la confidencialidad de algunos detalles, el calentón de mi Augusto Padre en Santiago de Chile no fue repentino sino la gota que colmó este vaso:
A cuenta de esto no paro de dar vueltas a dos cosas.
Una que he escuchado a un asesor: si el presidente Zapatero hubiera estado más firme ante un Chávez que no le respetaba su turno de palabra, no hubiera sido necesario que el Rey acudiera a sofocar el fuego que el jefe el Gobierno no sabía apagar.
Y otra, que si Su Majestad está siendo elogiado como en pocas ocasiones, ¿como Heredero tendré que actuar de la misma forma en situaciones parecidas?