No sé si es cosa de la Casa, de la Familia o de ambas a la vez, pero lo de las casualidades y las inoportunidades en mi vida no tiene enmienda. Tan contentos estábamos de que mientras juzgaban a los caricatos de El jueves la Princesa y Yo aterrizábamos en Shanghai, evitando revivir tan desagradable asunto, cuando salta la triste noticia sobre mi muy querida Hermana.
Al tomar el avión camino de China era conocedor de la decisión adoptada por los Duques de Lugo y su inminente anuncio. Pero como me ha señalado mi Amada Esposa, no parece muy acertado comunicar esa ruptura matrimonial, provisional y pacífica, casi a la vez que la Audiencia Nacional acuerda la multa de 3.000 euros (más bien simbólica) sobre quienes representaron tan obscenamente una escena íntima del Heredero.
Pero en fin, así son las cosas y no me voy a quemar. Deseo que ahora a mi Hermana mayor, a sus hijos y a su marido no la maltraten en el comadreo rosa. Bastante ha sufrido la Duquesa con los avatares de la vida, entre ellos la isquemia de su marido con las secuelas correspondientes, lo que no le ha hecho perder su compostura ni abandonar sus obligaciones familiares e institucionales.
El lunes pasado, sin ir más lejos, acudió a su último compromiso oficial a un centro de hijos minusválidos de empleados de Iberia. El rostro y delgadez que muestra en las imágenes de aquella visita son bien elocuentes de su desazón interior.
Sabe Ella que cuenta, en primer término y sin ninguna duda, con el apoyo de nuestro Augusto Padre. Y del resto de una Familia Real a la que, por cierto, el Duque de Lugo sigue perteneciendo y manteniendo ese título mientras el vínculo conyugal no se rompa a los ojos de la ley.
Todos esperamos que haga honor a esa dignidad que le corresponde por matrimonio. Habrá de protegerse de quienes, bajo capa de sanas intenciones, se acerquen a él buscando información sobre la Familia Real o, dicho de otro modo, rompiendo la discreción de la que ha hecho gala en esos temas.