¡Qué sensación más extraña! La Princesa y Yo promocionando en China las aceitunas, el jamón ibérico y el vino tinto, mientras de nuestra querida España no paran de llegarnos noticias desazonadoras.
Como me temía, mi querida Hermana mayor se ha convertido en pieza de presa de los reporteros del cotilleo. Ni el hecho de ser Infanta de España la libra del acoso -físico y verbal- tras el anuncio de su separación.
Pero no sólo, eso. Por lo visto, asesores e intermediarios de toda laya se ciernen sobre su marido, el Duque, con proposiciones deshonestas para que rompa su silencio y traicione la discreción a la que se debe.
Eso, en el frente familiar. Porque el frente político-institucional abierto tras el desencuentro con Hugo Chávez no decae. El presidente venezolano lo sigue avivando como parte de su campaña ante el próximo referéndum en Venezuela que le puede perpetuar en el poder.
Me siento confundido porque desde el Gobierno me llegan mensajes tranquilizadores sobre la crisis abierta en la Cumbre Iberoamericana, pero no se corresponden con la entrada en escena de Fidel Castro, ni con las nuevas peroratas antiespañolas del presidente venezolano o sus más recientes amenazas a las relaciones comerciales y diplomáticas entre ambos países.
Con todo lo que bulle en Madrid (imagino cómo estarán las cosas en Zarzuela), no me puedo quejar de que a nosotros nos haya tocado la China. Todos aquellos problemas son casi ridículos ante la inmensidad de presente y de futuro que se comprueba en este continente.
¡Estaba la Feria Alimentaria de Shanghai como para preocuparte de la última ocurrencia de Jaime Peñafiel o de las provocaciones del dirigente venezolano!
Me doy cuenta de que para los intereses españoles es muchísimo más importante abrir el mercado chino a nuestos productos más genuinos y exclusivos, los que hemos degustado en la Feria acompañados, entre otros, del prestigioso cocinero José Andrés, a quien no le faltan alumnos en Shanghai.
Si los chinos se aficionaran al pata negra, a las aceitunas aliñadas o al Ribera del Duero sería magnífico, pero habría que controlarlo para no quedarnos sin existencias. O aumentar nuestra oferta con otros productos típicos como los dulces navideños. Imagino el eslogan para estos últimos: La Princesa está para comérsela, en alusión a la figura en chocolate de mi Amada Esposa que ha elaborado una repostera de Córdoba.