Este aniversario de la muerte de quien era Generalísimo de los Ejércitos, el no va más de la graduación militar, no me hace ni fu ni fa. Estoy atento al cariz de los altercados públicos, pero nada más. Me interesan más los sucesos políticos y matrimoniales en torno a la Familia Real que las manifestaciones franquistas.
(Por cierto, voy a pedir una colección de tonterías de uno y otro signo que se están publicando).
A la vuelta de Shanghai (me parecen fuera de lugar ciertas quejas atribuídas a Ágatha Ruiz de la Prada) la Princesa y Yo hemos comprobado lo revuelto que sigue el patio, con Hugo Chávez erre que erre. Por otro lado me ha agradado la publicación de esa portada de El Semanal donde aparezco con triunfadores de mi generación, ninguno con vivencias franquistas.
Los empresarios españoles con inversiones en Iberoamérica están más preocupados que prudentes, con un ministro Moratinos poco acertado en su último comentario sobre el incidente de la Cumbre. Veremos a ver si Chávez intenta provocar durante sus visitas de esta semana a París y Lisboa.
Dos cosas he leído que me inquietan por lo que pueda pasar. La primera, que el prestigioso historiador Santos Juliá deja caer que "Juan Carlos I... ya ha dado de sí todo lo que podía". La segunda, en otro orden de cosas, que menudean las crónicas que retratan al Duque de Lugo como víctima de la incomprensión y el trato injusto.
Firman esos artículos los mismos que buscan momentos de tensión en el acto inaugural de una exposición sobre Velázquez que hoy juntará a Sus Majestades con el marido de mi muy querida Hermana, al estar patrocinada por Wintertur.
Volviendo a lo que significa esta víspera del 20-N, apenas guardo recuerdos del general Francisco Franco, pues murió cuando yo tenía siete años y el día que estuvo más cerca de mí debió ser el de mi bautizo. Con esa edad la única manera de tratarle habría sido por la vía de reuniones familiares entre los Borbón y los Franco, pero no existían o al menos Yo no las conocí.
Ni siquiera conservo fotografías de los escasos momentos que estuve cerca de él. Solamente una tomada en la cubierta del yate Azor, el del Caudillo, junto a mi Augusta Madre y la esposa de Franco, Carmen Polo. Debió ser una visita en vacaciones de verano, ocasiones en las que me aburría soberanamente pues el Generalísimo apenas me dirigía la palabra y su mujer era muy seria, siempre con cara como de enfadada.
Al ser tan niño no me enteré de lo que fueron las relaciones del hoy Rey, entonces Príncipe de España, con "el del Pardo" como a veces se le denominaba furtivamente en casa. Mi Augusto Padre nunca me ha detallado sus sentimientos hacia quien le nombró sucesor a título de rey ni la huella que dejara en Él.
Pensándolo bien, lo mejor que puede hacer Su Majestad es no hablar ni recordar la figura de Franco, que representó lo opuesto a la actual Monarquía, pero a la vez fue quien hizo posible la restauración de la Monarquía. O sea, que me parece bien un respetuoso silencio que le evita el agradecimiento y le exime de la crítica.