Más de una vez he manifestado en este blog que cuando a mi Augusto Padre se le acumulan los problemas a veces se pone furioso, pero es más habitual que opte por fumarse un puro. Como ejemplo de lo que digo, ahí están las imágenes con Bill Clinton momentos antes de atacar unos huevos estrellados en Casa Lucio.
Pero no sé, no sé. Lo que ocurre últimamente en torno a la Corona tiene un tufillo diferente, y eso no se le escapa a Su Majestad, como recogí el otro día sobre el artículo del historiador.
Yendo al grano: no se trata de lo que algunos horterillas llaman el annus horribilis de mi Familia, sino del poso que ha dejado en la opinión pública el incidente de la Cumbre Iberoamericana como guinda de un pastel amasado desde hace meses.
A la Princesa, que no se le escapa una, le llama la atención que los mismos medios que el mes pasado descalificaron las peticiones de abdicación regia lanzadas por Jiménez Losantos en la COPE, ahora alberguen comentarios y editoriales que coinciden en el desgaste de la figura del Rey. Me refiero, sobre todo, a El País, aunque también ha publicado elogios.
Incluso analistas ajenos al tremendismo se preguntan si existe una operación en marcha, soterrada, para empujar a la abdicación de Su Majestad. Eso, unido a las opiniones críticas sobre el Por qué no te callas que menudean en la prensa nacional, llegando a calificar de agitador al Rey de España, están creando un caldo de cultivo que a mí, personalmente, no me hace fumarme un puro.
Se señala, incluso, que en enero próximo mi Augusto Padre se estrenará como septuagenario y Yo como cuarentón, para insinuar que sería buen momento para abdicar.
Está fuera de toda lógica que un suceso de semejante trascendencia tuviera lugar a dos meses de unas elecciones generales. Pero es que, además, ese hecho sucesorio no aparece en la agenda. A Mí por un lado me ilusiona, pero a la vez me produce mucho vértigo.
Tal como están las cosas, sería una locura que se retirara el Rey, única figura respetada por todos y que a todos une, dicen unos. Cuanto más tiempo tenga el Heredero para aprender del reinado de su Padre mejor le irá, mantienen otros. La abdicación debería ser ya, para evitar que el Heredero se estrene en ausencia de su progenitor y sin su carisma, aseguran los impacientes.
En esas disquisiciones no entro ni quiero escucharlas en Mi presencia. Dejemos que las cosas discurran por su cauce natural, aunque tanto run-run sobre la situación que atraviesa la Monarquía me inquieta. Y, lo que es peor, nada puedo hacer para detenerlo.