No nos gusta que se prodigue la Infanta niña en apariciones públicas. A ella no siempre le molesta, desparpajo no le falta, pero mejor preservarla desde pequeña de un exceso de exposición al cotilleo.
Hay que guardar un difícil equilibrio entre la protección a la intimidad de infancia con la función y presencia pública que corresponde a los miembros del Familia Real. Y así pasa lo que pasa. Hace unas semanas la revista femenina alemana Bunte eligió a nuestra Querida Hija mayor la infanta favorita europea de las de su generación, y hubo reacciones para todo.
No faltaron los elogios fruto de la cursilería pastelera, como unos versos publicados en la revista Hola! firmados por El vate impenitente, de cuya métrica y sutileza da idea la estrofa iguiente:
"De ella todos se encariñan,
todos disfrutan con verla:
Leonor es una niña
Que es casi... para comerla".
Por esa vía se prodiga lo cursi, lo ridículo de comparar a Carlos de Inglaterra con unos bebés y la adulación facilona, hasta llegar a lo que la prensa mexicana define como la Leonormanía que impregna a la sociedad española en torno al "miembro que más brilla en la Casa Real" y que "representa un respiro tras los últimos escándalos en que se han visto envueltos" (la Real Familia).
Y todo porque dicen que el año pasado por estas fechas un juguetero de Alicante vendió 7.000 muñecas con la réplica de la Infanta niña, a la vez que se agotaron en El Corte Inglés, por falta de tela, vestiditos como el que lucía en nuestra felicitación navideña.
Algo semejante ocurrió con el vestido que llevaba en el bautizo de su hermana menor, la Infanta bebé, agotado en pocos días en la tienda que lo vendía, La casita de Penélope.
Por cierto, que de Penélope Cruz y su hermana Mónica era el diseño del blusón con el que acudió mi esposa, la Princesa, al recital de Springsteen, y lo había adquirido en Mango, para que se vea que no sólo viste de alta costura y grandes firmas.