Por expreso deseo de mi Augusto Padre, desde hace años asisto al proceso de elaboración del mensaje navideño de Su Majestad. No es obra personal suya ni de los altos responsables de la Casa, sino fruto del acuerdo alcanzado sobre unas líneas maestras decididas de común acuerdo entre la Presidencia del Gobierno y la Casa del Rey.
Por razones de agenda en esta ocasión no he asistido a todas las reuniones preparatorias pero conozco lo sustancial de las intenciones. Por eso, igual que con el de diciembre de 2006, estoy en condiciones de comparar el contenido exacto del mensaje con los pensamientos y sentimientos de Su Majestad.
Como no puede dar rienda suelta a lo que lleva por dentro -sería un gravísimo error institucional-, me permito señalar qué es lo más importante de lo que mi Augusto Padre se ha callado.
Mucho le ha afectado este año, y le inquietan sus consecuencias futuras, el resultado final del Estatuto de Cataluña, con referéndum, nuevas elecciones y recursos pendientes en el Tribunal Constitucional. Sé que lamenta la llamada desafección hacia España del viejo Principado de Cataluña, pero nada ha dicho. De forma paralela es consciente de la amenaza de ciertas derivas nacionalistas en el País Vasco.
También le alarman esas iniciativas legislativas o políticas que parecen restar valor a la Transición y que, sobre todo, tanto encrespan el debate político marcando demasiadas diferencias entre los españoles. Al lado de esas cuestiones, con la quema de retratos o las dichosas caricaturas, se fuma un puro.
Por esos y otros problemas que el Rey siente pero los calla, se entiende que en el discurso utilice recursos más sutiles y a veces haya que leer entre líneas del mensaje, cosa que Yo me evito por ser testigo de su elaboración.
Pues bien, la respuesta regia a aquellas preocupaciones se encuentra en un dato que no es casual: en las palabras de Su Majestad con motivo de la Nochebuena hay nada menos que 19 alusiones a la unidad de España y de los españoles, ya sea con ese término o los de cohesión, integración o consenso, reclamando expresamente una "cultura de la unidad".
Más no puede decir,incluida la sutil desautorización en la parte final a quienes hablan de abdicación, prometiendo su entrega total. En el mensaje de este año ha enumerado cantidad de problemas concretos como nunca había hecho -precio de la vivienda, calidad de la enseñanza, maltrato a mujeres, etc-. En mi opinión demasiados, porque el resultado final no ha sido un discurso fluido.
Por lo demás, no seré Yo quien valore la puesta en escena de este mensaje anual, que da pie a tantas críticas y análisis como ocurrió con el del año pasado, cuyo vídeo reproduzco aquí para comparar.