
Tal
desasosiego me han causado algunos mensajes de la concentración en Madrid a favor de la
familia cristiana que, sumados a la apoteosis
separatista vivida en Bilbao con el amistoso
futbolístico entre País Vasco y Cataluña, a punto han estado de
amargarme la despedida de 2007.
Un año, por otra parte, del que no guardaré el mejor recuerdo.
Menos mal que el día de Nochevieja, con gran sentido de la oportunidad, Su Majestad ha girado la visita sorpresa a las tropas españolas en Afganistán. Un buen golpe de imagen, sí señor, sobre el que mi Amada Esposa me ha hecho la siguiente observación:
Ese viaje, como es lógico, estaba organizado de acuerdo con el presidente del Gobierno y el ministro de Defensa. Entonces... ¿a qué viene que durante la corta estancia de mi Augusto Padre en la base de Herat recibiera una llamada telefónica de Rodríguez Zapatero para comentar el transcurso del acto?
Esa llamadita, muy divulgada desde Moncloa, se convirtió en uno de los datos más relevantes de la visita. Los bienpensantes dirán que ha sido un mero gesto protocolario. Los malpensantes señalarán que a Zapatero se le notan sus ganas de chupar rueda, como vulgarmente se dice, del gran protagonismo y prestigio que el Rey luce en estos momentos.
Volviendo a los asuntos menos agradables que comentaba al principio, las gravísimas admoniciones de la jerarquía eclesiática contra el poder político han tenido un efecto sorprendente, al menos para mi.
Y es que el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, en su airada réplica al Episcopado por sus tremendas acusaciones al Gobierno ha confesado ser cristiano pero tener ganas de borrarse de esa Iglesia.
A tenor de los vídeos y las crónicas sobre la concentración católica del domingo, se aprecian serias diferencias entre los mensajes del Papa o del presidente de la Conferencia Episcopal, con las encendidas palabras de otros intervinientes.
Como el cardenal Rouco afirmando que nuestras leyes se alejan de los derechos humanos, las advertencias del cardenal García Gasco sobre la disolución de la democracia o las amenazas contra la familia, a cual más inicua, advertidas por el cardenal Cañizares o el líder espiritual Kiko Argüello.