Mi esposa, la Princesa, lo tenía muy claro desde hace tiempo y contaba con mi aquiescencia: en este primer aniversario del dramático fallecimiento de su hermana menor no había que ceder ni una pizca al comadreo fúnebre. Cada uno a su afán. Y el recuerdo, a vivirlo en la intimidad familiar.
En coherencia con esa decisión la jornada de hoy no rompe nuestra habitual agenda de actividades. Por eso la Princesa y Yo vamos a inaugurar las nuevas instalaciones del Centro de Astronomía Espacial Europeo, en Villanueva de la Cañada (Madrid).
Se trata de unas instalaciones fundamentales para la carrera espacial, un asunto por el que siento gran curiosidad quizás heredada de mi Augusta Madre. No son conocidas del gran público y disponen de serias medidas de protección por razones obvias, pero no violo ningún secreto oficial al ofreceros aquí un detalle de la envergadura y sofisticación de ese Centro.
De aquel fatídico 7 de febrero de 2007, cuando me ví obligado a suspender mi primera visita oficial a la Fiscalía General del Estado, guardo en la memoria apuntes bien distintos.
Uno, el impacto nacional de la noticia de la aparición del cadáver de mi más joven cuñada. Fue de tal calibre y el chismorreo desatado tan grotesco, que el presidente de la Federación de la Prensa hizo un llamamiento al respeto y al sentido de la responsabilidad.
No había manera de frenar lo que califiqué como "danza macabra" representada en los platós por los habituales del cotilleo. Eso sí, con rostros compungidos para rematar la hipocresía.
Un segundo recuerdo que guardo hace referencia al comportamiento discreto y saber estar de la familia de mi Amada Esposa en aquella ocasión, lo mismo que ocurrió antes y han mantenido después.
Vale como ejemplo de lo que digo la única hermana que le queda a la Princesa, que ha vuelto de Filipinas a España en sus últimas semanas de embarazo para dar a luz el fruto de una unión sin respaldo civil ni canónico, con toda prudencia y sin dar cuartos al pregonero.
En tercer lugar, nunca olvidaré de aquellas jornadas el llanto sincero, amargo y emocionante de la Princesa tras el funeral por su hermana, al dirigirse a saludar a los periodistas. O su saludo, protocolario y dramático, a Su Majestad antes del funeral.
Fueron momentos en los que mantuve el tipo como me corresponde y me sorprendió que, según leí después, aquellas escenas reconciliaran la imagen de la Princesa de Asturias ante la opinión pública más reticente a su persona.