
Llevamos una
temporadita muy académica, con numerosos actos universitarios (esta semana
nos toca en Salamanca). Como eso es una novedad en la agenda de
apariciones conjuntas con la
Princesa, me doy cuenta de que tengo que
preparar mejor con ella algunos detalles de nuestras actividades que me los conozco más por
viejo que por
diablo.
Yo he tenido que aprender a estar en cada sitio, en cada ambiente, de la manera adecuada, sin perder la posición que me corresponde como Heredero, pero a la vez integrado y cercano a cada acto donde participo. Es decir, evitar que la solemnidad o el protocolo te hagan parecer distante o, lo que es peor, despreciativo.
Viene a esto a cuento de que hace unos días asistimos al acto de nombramiento de doctores honoris causa de la Universidad Europea que, como es tradición, terminó entonando todos en pie el himno académico Gaudeamus Igitur.
Esa es una costumbre que se pierde en las universidades masificadas, como la Complutense donde mi Amada Esposa estudió Periodismo sin oportunidad de aprender tan bello cántico que, además, es en latín.
Consecuencia: que el día de la Universidad Europea todos los que estábamos en la mesa presidencial seguíamos el Gaudeamus, excepto la Princesa que se entretuvo en identificar a quienes se encontraban en el auditorio. Y, claro, eso se nota y es mejor evitarlo.
La verdad es que la Princesa está cumpliendo el papel que le corresponde con un gran sentido de responsabilidad. Aprender a desenvolverse a la perfección en multitud de ambientes y situaciones no se consigue con un cursillo acelerado. Es cuestión de tiempo y del tesón que no le falta.
Lo que me llega es que su imagen pública ha mejorado mucho en ese aspecto (las únicas críticas que se mantienen es a su llamativa delgadez, qué le vamos a hacer). Del porte elegante y de la distinción que ya la adornan, son ejemplos imágenes recientes y me atrevería a decir que históricas: el saludo protocolario que le hizo Isabel Preysler en el Palacio Real y la semana pasada, cuando recibió el Lazo de Dama Protectora del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid de manos del presidente de esa corporación, Fernando Ramírez de Haro, conde de Murillo y marido de Esperanza Aguirre.