
Mi esposa, la
Princesa, es consciente de lo
dificilísimo que resulta el reconocimiento público de sus
cualidades. Con su
acertado discurso de ayer en el riojano Monasterio de Yuso, ya son nueve las ocasiones en las que ha
dirigido la palabra al público en actos oficiales. Pero en eso casi nadie se fija: todo son
chismorreos sobre su delgadez, su gesto, sus familiares, etc.
Últimamente, y con la boca muy pequeña, algún comentarista ha señalado lo bien que se ha adaptado a su posición institucional y a los uso protocolarios. ¡A Mí me van a contar el esfuerzo que le supone!
Pero, como digo, apenas se aplaude tan meritoria labor por quien ha supeditado sus querencias personales a las exigencias de la Institución. Es más, algún periodista amigo de Jaime Peñafiel osa decir que los Príncipes hemos tenido malos modales en público hacia ese cronista, por los que debemos disculparnos.
¡Hasta dónde vamos a llegar! Sólo faltaría que en el cotilleo rosa se le sacara punta al hecho de que mi Amada Esposa no estuviera acompañada ayer por ningún ministro en el acto de San Millán de la Cogolla. Yo lo hubiera preferido, pero reconozco qua a esa misma hora tenía lugar en Madrid la segunda sesión del debate de investidura... aunque no sé si todos los ministros ocuparon sus escaños.
Frente a las maledicencias, lo cierto es que la Princesa adorna su actividad con sus dotes intelectuales y considerable cultura.
Sé bien cómo ha preparado sus palabras inaugurales del Seminario Internacional El español y los jóvenes en San Millán de la Cogolla (La Rioja). Al enseñarme el texto del discurso me hizo ver que, no por casualidad, en sus palabras se refería a nuestro idioma en tres ocasiones como el español, y ninguna como el castellano.
Su explicación no me ha sacado de mi extrañeza ante la identidad de nuestra lengua, que la Constitución (artículo 3.1) la la denomina "el castellano", pero para los académicos, para muchísimos lingüistas y para los iberoamericanos es "el español". Y no es ninguna tontería que como Heredero arrastre esta duda.