Por si no tuviera un complejo horizonte político para cuando me corresponda asumir la Corona, llegan los conflictos con la Iglesia a cuenta de los propósitos laicistas de unos y las cruzadas antisocialistas de otros.
Y, en medio, una Monarquía tradicionalmente católica donde quienes la encarnamos estamos condenados a permanentes equilibrios.
Esta semana se discute en el Congreso una proposición no de ley de IU y ERC para que desaparezcan los símbolos religiosos, el Crucifijo y la Biblia, en las ceremonias de tomas de posesión de altos cargos. Y, en general, para eliminar cualquier componente confesional en actos protocolarios del Estado. O sea, ¿que cuando ascienda al trono no se celebrará un solemne Te Deum en acción de gracias?
No sé si por casualidad, por designio de la Providencia o porque las guerras de religión resultan tentadoras -aunque no se sabe cómo terminan-, coincide esa propuesta parlamentaria con recientes y encendidas homilías de los cardenales más notables del Episcopado.
Monseñor Cañizares reclama libertad religiosa ante "los agravios y las ofensas que está recibiendo la Iglesia", mientras el presidente de los obispos, el cardenal Rouco, recuerda aquellos tiempos en los que algunos proclamaban "la muerte de Dios".
Jesús, Jesús, cuánta controversia. Para colmo se han destapan discrepancias en el seno de la Conferencia Episcopal a cuenta de la renovación del contrato del periodista Jiménez Losantos en la cadena COPE. ¿Será el director de La Mañana cizaña dentro del trigo o faro que ilumina el camino de la verdad?
Desde luego, ilumina, marca y organiza la vía para derribar a Mariano Rajoy y conformar un Partido Popular de acuerdo con las directrices que diseñan ese periodista radiofónico y el no menos influyente Pedro J. Ramírez.
Me ha llamado la atención la trepidante crónica que ha publicado un diario serio, La Vanguardia, a propósito de las tensiones entre obispos por las posiciones de Federico Jiménez Losantos, que han estallado tras una reciente visita colectiva a Su Santidad.
No menos inédita me ha resultado una advertencia a la Iglesia, para que no se entrometa en asuntos del Partido Popular, lanzada públicamente por Daniel Sirera, presidente de esa formación en Cataluña.
Todo ello me desconcierta por esos equilibrios que he de mantener como Heredero a la hora de departir con unos y con otros, también porque me da miedo el río revuelto de una derecha sociológica desunida y acosada por las anunciadas políticas laicistas.