
Hace tiempo me resigné a un agravio notorio cometido
contra mi primera Hija, la Infanta llamada a ser en su día Heredera, por mor de la celeridad con la que el
Gobierno y los tribunales han accedido a las
reclamaciones de ilustres damas sobre sus derechos a heredar títulos nobiliarios de sus familias.
Esa resignación no quita que vuelva a embargarme la desazón a la vista de una reciente sentencia del Tribunal Supremo reafirmando una ley de 2006 que terminó con la preferencia del hombre sobre la mujer en la herencia de títulos.
Nada tengo contra esa equiparación, muy al contrario, pero habiéndome manifestado favorable a dicha igualdad en la sucesión a la Corona es una falta de consideración a la institución monárquica, particularmente a la Infantita, que con esa reforma legal se haya dado preferencia a las familias de la Nobleza sobre la Familia Real.
No hay que olvidar que los títulos nobiliarios, simbólicos y sin efectos civiles, son concesiones graciosas del Rey que se rigen por los principios de primogenitura, varonía y propincuidad, de acuerdo con las viejas Leyes de Partidas de los siglos XIII y XVI. Por eso es paradójico que la Nobleza se coloque por delante de la Monarquía de la que depende en la conquista del derecho de igualdad.
¿No hubiera sido más coherente esperar a la tantas veces prometida y nunca cumplida reforma constitucional sobre el orden sucesorio a la Corona, para que después fuera el propio Rey quien cambiara las normas y usos en asunto de su exclusiva competencia como los títulos nobiliarios?
Sí, sí... pero cuando aparecen las ambiciones y las pasiones, la coherencia se bate en retirada.
Hace dos años me preguntaba en este blog: "¿Por qué tanta prisa y facilidad en acceder a las aspiraciones de presuntas marquesas o duquesas frente a tanta lentitud y dificultades para la reforma legal que asegure los derechos de la Infanta bebé?"
La respuesta de entonces vale también para entender hoy la celeridad con la que el Supremo ha avalado la aplicación retroactiva de una ley:
Así lo pidieron a la Vicepresidenta Fernández de la Vega y así les fue concedido por acuerdo del PSOE y del PP (prácticamente es único acuerdo en la anterior legislatura) las aspirantes a Marquesa de Castelldosrius y a Condesa de Puñonrostro.
No es dato baladí que movieron los hilos en altas esferas del poder auxiliadas por sus respectivas parejas, los influyentes periodistas Pedro J. Ramírez y Luis María Anson.
Tanto una (Ágatha Ruiz de la Prada y Sentmenat) como otra (Beatriz Balmaseda Arias-Dávila-Manzanos), la primera pareja estable de Ramírez y la segunda esposa legal de Anson, mantenían pleitos con su tío Santiago de Sentmenat y con su hermano Manuel, respectivamente, por títulos de racio abolengo.
Por lo tanto, de acuerdo con la ley que promovió este Gobierno y con la sentencia última del Supremo, quizás Pedro J. Ramírez podría lucir como marqués consorte de Castelldosrius y Luis Mª Anson como conde consorte de Puñonrostro, ambos con rango de Grandeza de España.
Eso sí, mi Amada Hija, primogénita del Heredero a la Corona de España, y la Monarquía en su conjunto, siguen esperando que los políticos tengan a bien resolver el anacronismo sucesorio mediante una reforma constitucional sobradamente estudiada y calculada.