Quienes con tan poca originalidad siguen denostando la Monarquía como institución y considerando inútiles (cuando no parásitos) a los miembros de la Familia Real, ignoran la trascendencia de nuestra función y la utilidad para España de nuestro trabajo. Como muestra, la agenda de lo que ha sido esta primera semana de junio.
La hemos tenido plagada de compromisos de trabajo, de esos que la prensa sólo recoge cuando tienen un contenido vistoso o cuando los protagoniza la Princesa en solitario, pero sin apreciar su dimensión objetiva.
Pues bien, me da la impresión de que el gran público no se ha enterado de que en estos días la Corona española ha dado ejemplo de su posición equilibrada entre judíos y moros, dicho sea sin ánimo de molestar. O, lo que es lo mismo, de cómo sabemos llevarnos bien con altos representantes de las otras dos culturas monoteístas tan enfrentadas entre ellas.
Particularmente discreta, por razones de seguridad y por la idiosincrasia de se pueblo, ha sido la celebración en Madrid de unas Jornadas sobre Judíos en Iberoamérica, organizadas por un grupo muy influyente como el Congreso Judío Latinoamericano y la Casa Sefarad-Israel. Paralelamente, en Barcelona se desarrollaba un festival de cine judío.
A los directivos del Congreso tuve el placer de recibir en audiencia, coincidiendo con la publicación de unos juicios muy desafortunados sobre España a cargo de una asociación israelí. Eso no empañó el encuentro con tan poderosos personajes, que no se andan por las ramas ni pierden el tiempo en retórica.
Según me transmitieron, su objetivo era apelar a los gobiernos de la comunidad iberoamericana "para que entiendan el peligro que representa Irán para Occidente y la proliferación de armas nucleares y definiremos una agenda política de trabajo en este sentido".
Me ha quedado claro. Como también he tenido claro el esmero con el que tenía que tratar al ilustre visitante a quien recibí después de atender al Congreso Judío: el Príncipe heredero de Arabia Saudí.
El Sultán Bin Abdulaziz Al-Saud, cuya familia ha tenido siempre tan estrechos lazos con mi Augusto Padre, no es un visitante cualquiera. Precisa un protocolo ad-hoc, como que Yo lo reciba personalmente en el aeropuerto de Barajas junto a una amplia comitiva de autoridades donde no figuraba ningún ministro pero estaba presente hasta el jefe del Servicio Fiscal del aeropuerto.
Mi equivalente saudí, de la muy astuta y acaudalada familia Al-Saud, me supera en años pues allí el orden sucesorio tiene unas normas particulares, pero no por ser futuro monarca del país de los petrodólares o porque le corresponda en su día el título de Guardián de La Meca deja de ser una persona muy al tanto de la realidad e interesado por el progreso.
Lógicamente no le voy a contar, aunque tampoco he de ocultarlo, que antes de recibirle he estado con eminentes judíos. Es más importante hablar sobre las relaciones hispano-saudíes y si, de Heredero a Heredero, puedo echar un cable a mi país pues mejor.
Para eso le damos un trato especial en la jornada de hoy: a mediodía le ofrezco un almuerzo en el Palacio Real y por la noche Su Majestad le invita a cenar en La Zarzuela. Así correspondemos a los agasajos que ellos nos dispensan, sin perder de vista que el boato no es obstáculo para engrasar asuntos de estado.
Cada uno pensando en el servicio a su país, como debe ser.