
Lo de mi
visita a Afganistán ha sido un
auténtico viaje relámpago: imprevisto, rapidísimo y sin la compañía que me corresponde. Eso sí, he vuelto del país asiático convertido en
caballero legionario, con gorro y todo.
En aquel país ayudamos a su reconstrucción pero nuestros soldados también cumplen una misión militar en zona hostil. Tanto, que el sábado una patrulla española repelió un ataque en Jayryana, matando a seis talibanes e hiriendo a otros tantos. En esta ocasión el protocolo que había que cumplir era el de seguridad antes que el de la formalidad, aunque de este último en la Familia Real nunca nos desprendemos.
Por cierto, que estamos que lo tiramos: si mi salto de menos de 24 horas a la zona más peligrosa del mundo, Afganistán, ha sido un golpe, no hay que pasar por alto las nuevas misiones de Su Majestad. Me refiero a que con su viaje a Moscú son cuatro los viajes que ha hecho en las últimas semanas (París, Arabia Saudí y dos emiratos del Golfo y Bonn) aparentemente inocuos, pero llenos de contenido.
Como si fuera un comercial del Reino de España, esos desplazamientos han tenido un exclusivo carácter económico, en algunos casos con una comitiva de empresarios acompañando al Rey. La finalidad es abrir mercados a compañías españolas y atraer inversiones a nuestro país.
Son viajes apasionantes por lo mucho que hay en juego y el papel tan delicado que juega mi Augusto Padre. Y con el riesgo de que los gobernantes alemanes o franceses quieran involucrar a Su Majestad más de lo prudente en negociaciones de macrocontratos, como el del avión de caza europeo, aprovechando sus buenas relaciones con las monarquías del Golfo.
Yo, de momento, no me meto en jardines comerciales. Bastante tengo con lo que me toca y la visita a Afganistán ha sido muy oportuna aunque no me haya acompañado la ministra del Defensa, Carme Chacón, aún de baja maternal, y en su lugar lo haya hecho su insulso secretario de Estado, Constantino Méndez.
Tenía ganas de saludar a nuestras fuerzas, he escuchado análisis y peticiones hechas con gran sinceridad que no reproduciré en público, he comprobado los discutidos BMR y también los helicópteros Superpuma y Chinook (¡qué pasada!).
Pero, sobre todo, tengo la satisfacción de haberme dado una paliza de viaje -no dudaron en calificar de irresponsabilidad pernoctar en las bases- para comprobar la preparación de nuestros Ejércitos, como reconocí en mi alocución, y cuánto agradecen la cercanía de la Corona.
Aunque parezca debilidad patriotera o castrense, que no lo es, me resultó especialmente emocionante escuchar en la recóndita aldea afgana Qala-e-Now el himno de la Legión y dos espíritus del Credo Legionario, antes de que el coronel Pedro Pérez me obsequiara con el tradicional gorrillo legionario y un guión bordado de esa Agrupación.