Asistía temeroso a esa guerra de las lenguas tan peligrosa para la unidad de los españoles tras el Manifiesto de un grupo de intelectuales en defensa del castellano, cuando llegó el congreso del PSOE y, aparte de atizar el fuego de esa disputa, ha abierto la guerra de los crucifijos. Y todo ello coincidiendo con el desfile-exhibición del Orgullo Gay.
¿Qué hacer como Heredero de una Monarquía tradicionalmente católica?
Mi esposa, la Princesa, intenta racionalizar el contenido de esas disputas y tranquilizarme, pero no sé, no sé...
El debate se enrarece con el proyecto de implantar el euskera en los comercios del País Vasco y con la sentencia judicial que ordena a la Generalitat que en los colegios catalanes se imparta la tercera hora de castellano. Y eso, cuando ni estamos de acuerdo en la denominación de nuestro idioma común: español o castellano.
No puedo ignorar que el Manifiesto en defensa de una lengua común lo encabeza la académica Carmen Iglesias, mi tutora de la que tanto he aprendido, junto a muy prestigiosos filósofos, escritores y científicos y artistas.
Me identifico con el contenido del manifiesto y me parece oportuno, pero también estoy de acuerdo con los lamentos de sus promotores al comprobar cómo esa iniciativa se la han apropiado Pedro J. Ramírez y Jiménez Losantos, convirtiéndola en arma de disputa partidista. Basta que haya tomado esa dimensión para que Yo tenga que evitar más consideraciones al respecto. Pero no sólo eso.
El mal ambiente montado en torno al Manifiesto ha llegado al extremo de que pase desapercibido en la prensa nacional un acto de tanta trascendencia como la presidencia por Sus Majestades, la semana pasada, de la presentación del Proyecto Comillas, un centro internacional de investigación sobre la lengua y la cultura en español radicado en Cantabria.
En medio de todo esto proliferan los pronunciamientos a favor y en contra del Manifiesto, con los ánimos excitados en el nacionalismo catalán, donde Pujol ha alzado su voz en defensa del catalán en estos términos:
"Hay preocupación por nuestra lengua, y ya hemos dicho que tiene mucha presión encima, pero debe de ser suficientemente fuerte para que se la ataque con la zafiedad con que lo hace "el Manifiesto" (...) No hemos de ir a este combate con ánimo acomplejado. Ni miedica. Tampoco con petulancia ni chulería. Pero con decisión y confianza. Sin miedo. Y sin respeto por quien no nos respete".
¿Hay o no hay motivos para ver con preocupación este asunto desde la perspectiva de la Corona como símbolo de la unidad de España?
En esas estábamos cuando el congreso del PSOE introduce otro elemento que altera la concordia entre españoles: las reformas laicas. Menos mal que se han echado atrás en la intención de suprimir los los funerales de Estado de carácter religioso. ¿Cómo hacer unas honras fúnebres presididas por el Rey sin la solemnidad y ceremonial de la liturgia?
No sé qué ha pasado en el PSOE, que hace un mes se opuso a la retirada de los crucifijos en actos de toma de posesión y ahora quiere retirarlos de todas las dependencias oficiales, incluso suprimir los capellanes castrenses de las Fuerzas Armadas.
Cuando la Princesa me insiste en que son decisiones legítimas en un estado aconfesional, lo entiendo, pero me queda el run-run interior de los riesgos que acechan bajo estas guerras por el idioma o por la religión, porque a todo el mundo le tocan de cerca.