
Paradojas en mi agenda de Heredero: en medio del cataclismo financiero que hace temblar al planeta, el viernes me toca presidir la clausura del Foro Estratégico de las Cajas de Ahorro dedicado a algo tan negro como "los escenarios de la próxima década".
Aunque algunos no lo crean a Nosotros también nos acongoja la crisis, pero nuestra condición y nuestra posición nos obligan a cumplir a rajatabla lo de a buen tiempo mala cara. Tanto Sus Majestades como la Princesa y Yo estamos obligados a transmitir optimismo o, al menos, esperanza.
La sombría realidad económica y su inquietante futuro no dejan tranquilo ningún bolsillo, ni siquiera los de quienes dependemos de los 8,8 millones anuales asignados en los Presupuestos del Estado. Mi Augusto Padre ha procurado levantar un patrimonio familiar suficiente para cubrir cualquier eventualidad futura, incluso la peor (sobrevivir en un exilio).
Pero el Rey, como cualquier mortal, para multiplicar su capital acude a operaciones de los mercados financieros, esas que ahora son tan ruinosas. No se trata de desvelar aquí cuál es su cartera de inversiones o la Mía (también he de ser previsor), pero ¿a quién de los que juegan en Bolsa no le ha dado un palo la crisis?
Estaría fuera de lugar desvelar en qué inversiones nos ha pillado esta crisis financiera o cuál ha sido el palo. Por suerte, en la Familia Real disponemos de asesores muy prudentes que desaconsejan la dinamita para los pollos: operaciones donde tan alta es la expectativa de pelotazo como de trompazo.
En estos momentos de desasosiego e incertidumbres económicas, ¿a quién acudir? Desde la altura de Nuestra condición observamos la moderación y el buen sentido de un estado como la Santa Sede. Pero desde allí llegan estos días dos mensajes poco reconfortantes:
Uno, que el Santo Padre nos alerta contra los que desde la cultura moderna han decretado nada menos que la muerte de Dios.
Otro, que la crisis económica ha reducido a la décima parte los beneficios de las inversiones que maneja el Vaticano, por lo que la Curia Romana ha decidido invertir 19 millones de euros en la adquisición de una tonelada de oro, un valor seguro en tiempos de zozobra.
He de consultar a mi Augusto Padre si sería buena cosa que, siguiendo el ejemplo de la Santa Sede, retirara mis ahorrillos en renta variable para hacerme con un puñado de lingotes de oro.