
Hemos tenido que visitar una
nación republicana como pocas, los Estados Unidos Mexicanos, para encontrar en su pueblo el trato respetuoso y cariñoso que a veces
la Princesa y Yo echamos en falta en nuestro propio país, tan aficionado a no apreciar lo propio o zaherirlo.
Estos días, sin ir más lejos, se ha demostrado que en España cualquiera que se asome a un medio de comunicación, por indocumentado que sea, se permite poner en solfa la asignación económica para el Rey en los Presupuestos Generales el Estado.
El tiro al Borbón cada vez se practica con más impunidad al amparo de la libertad de expresión, como muestra un artículo de una locutora de Telemadrid. Una cosa es la crítica bien sustentada y otra el pim-pam-pum.
Se utiliza sal gorda y se olvidan los matices y referencias a otras monarquías. ¿Sabrán quienes claman contra los 8,89 millones para la Casa del Rey que a la Familia Real británica le asignan 10,34 millones, siempre se pasa en gasto y encima Su Graciosa Majestad pide más?
Volviendo a nuestra estancia en México, ha sido de lo más intensa y variopinta. Hemos sentido de cerca la conmoción social por las recientes matanzas del narcoterrorismo, hemos constatado el cariño que allí tienen hacia España, hemos compartido ratos con personajes como Antonio Banderas y García Márquez. Y he rendido homenaje a quienes se exiliaron a ese país por la Guerra Civil.
La grata acogida ha sido compatible con un tratamiento de la prensa crítico, pero cierto, a nuestra visita blindada por Ejército y Policía a Morelia, escenario de un atentado, o con la mordacidad de cronistas locales, como Jairo Calixto, a propósito de las visitas que nos preparó Don Jelipillo, sobrenombre popular del presidente mexicano, mi tocayo Felipe Calderón.
Nada que ver aquellas opiniones con lo que en España se difunde por algunos micrófonos o se publica en ciertas revistas, como la insidia de Época sobre la cocaína. Por cierto me llegan noticias de que esa revista parece que recula con lenguaje grandilocuente.