Imagino que este miércoles que la Princesa y Yo vamos a pasar en Barcelona recibiré algún mensaje indirecto sobre el último jardín en el que se ha metido la Generalitat de Cataluña. Me refiero a su enfado con un amplio análisis sobre España que publica el último número de la prestigiosa revista británica The Economist.
Si así ocurre, estoy preparado para dos cosas: morderme la lengua y poner cara de póker. Máxime cuando, casualidades de la vida, una de las citas que tenemos en Barcelona es la celebración del centenario de la Cámara de Comercio Británica en España.
La polémica suscitada oficialmente desde la Generalitat, que su vicepresidente Carod Rovira ha aprovechado para atizar la animadversión a España y justificar la creación de embajadas catalanas en el extranjero, me parece a mí que no es muy positiva para los intereses generales de Cataluña. Practicar un victimismo nacionalista en la política interior es una cosa, pero hacer lo mismo fuera de nuestras fronteras resulta incomprensible o ridículo a los ojos de otros países.
Todo viene porque el informe de catorce páginas de The Economist incluye un artículo sobre el estado autonómico y las tensiones con los nacionalistas. Señala, entre otras cosas, que ha resucitado la vieja figura del cacique territorial y cita los ejemplos de Pujol, Fraga y Chaves. También se ocupa de lo que llama "dogmatismo lingüístico nacionalista", señalando que en los colegios catalanes el español tiene tratamiento de lengua foránea.
El gobierno de Montilla, por boca de su portavoz la consejera de Justicia Monserrat Tura, acusa a la revista británica de "afirmaciones difamatorias e insultantes" fruto del "desconocimiento que algunas personas tienen de nuestra nación".
Yo, aunque no lo diga en público, considero que los poderes públicos deben saber encajar las críticas y no reaccionar de forma nerviosa o pueril. Sobre todo cuando, como ha pasado en este caso, ningún cargo del gobierno catalán quiso hablar con el periodista autor del informe cuando lo estaba preparando. Peor es la explicación que la consejera Tura ha dado a ese fallo: "Montilla está muy ocupado. Para estas cosas está el delegado de Cataluña en Londres".