
Ya lo ha advertido alguna vez mi esposa, la Princesa, que cuando las cosas en el país andan revueltas hay que tener
muchísimo cuidado en las relaciones de la Corona con los medios de comunicación. Pero ese consejo parece haber caído en saco roto, al menos en estos momentos.
Y ahora diré porqué.
Que el ambiente de la opinión pública está enrarecido, salta a la vista. Es más, como Heredero cada día me preocupan más las incógnitas sobre dónde puede desembocar la crisis económica.
Lo de la cifra de un millón de parados en el último año -la mayor en la historia europea desde los años 30 del pasado siglo-, es un auténtico mazazo. El periódico de Pedro J. Ramírez ya ha señalado que la última vez que se registró ese avance del paro fue en Alemania y sirvió de caldo de cultivo para que Hitler llegara al poder.
No me preocupa, de momento, un Hitler español, pero sí el deterioro social por semejante destrucción de empleo y descenso del consumo. El pueblo tiene miedo, el paso siguiente puede ser la expresión de descontento y eso, hábilmente utilizado, puede dar lugar no sólo a protestas sino a revueltas que pongan en un brete a los poderes e instituciones básicas del Estado.
No quiero seguir por ahí, porque mi obligación es transmitir ánimo y confianza en el esfuerzo común. Pero volviendo a lo que decía al principio, lo que menos nos conviene en una situación así es tener problemas con los periodistas. Y estos han surgido porque en las dos últimas ceremonias en el Palacio Real, la fiesta del Doce de Octubre y el acto de la Pascua Militar, la Casa no ha permitido a los profesionales de la información hacer su trabajo en las recepcciones, hablando distendidamente con unos y otros.
Eso ha provocado la queja formal de la presidenta de la federación de periodistas españoles y lamentablemente es un marrón que se traga la Casa del Rey cuando en el origen de esa limitación está el mal comportamiento de Presidencia del Gobierno. ¿Por qué?
Sencillamente porque, ya desde la última época de Aznar, el entonces presidente inició la fea costumbre de aprovechar un acto presidido por Su Majestad para quitarle protagonismo ante la prensa haciendo declaraciones políticas en los corrillos de la recepciones.
Mi Augusto Padre nunca se quejó claramente, tampoco debe hacerlo. Pero como Rodríguez Zapatero continuó haciendo lo mismo, la única manera de frenar esas extralimitaciones de los Jefes del Ejecutivo ha sido evitar la presencia de periodistas.
El resultado ha sido las críticas, comprensibles de los periodistas y, como siempre, el coste de buscar un equilibrio entre el Presidente del Gobierno y el Rey que no gobierna, para que el primera no meta palos en las ruedas del segundo.