Me sorprende la repercusión que tiene la muerte de la británica Jade Goody, cuya triste fama como personaje de la telebasura en el Reino Unido se multiplicó al vender en varias exclusivas su agonía una vez que le fue diagnosticado un cáncer terminal.
Ha sido ahora, ante la relevancia que los medios de comunicación dedican a su fallecimiento, cuando me he enterado de quién era esta muchacha tan desgraciada en su infancia que alcanzó la celebridad tras participar en un Gran Hermano y protagonizar algunos escándalos ante las cámaras.
Lo que más me ha extrañado es que la noticia de su prevista muerte haya dado lugar a un comunicado inmediato de pesar nada menos que del primer ministro británico Gordon Brown.
Si es inusual que un gobernante muestre públicamente su pésame por la desaparición de alguien que ganó su fama por motivos nada ejemplares, más me han sorprendido los elogios del Jefe del Gobierno de Su Graciosa Majestad. "Fue una mujer valiente en la vida y en la muerte", ha dicho Brown. Dicho así, sin matices, puede interpretarse como un aplauso a toda su trayectoria.
Me parece equívoca la "admiración" del primer ministro por la determinación de esa mujer "por dar un futuro brillante a sus hijos". ¿Aprueba, entonces, Brown todas los excesos perpetrados públicamente y la venta de su dramática intimidad en exclusivas millonarias?
Me inquieta la necesidad de los gobernantes, y de los políticos en general, de captar popularidad arrimándose a cualquier fenómeno de masas o a personajes superfamosos gracias al sensacionalismo. ¿Nos veremos obligados los miembros de la realeza a hacer lo mismo? Para eso no estoy preparado, no sé hacerlo.
Imagino que ningún miembro de la Familia Real británica hará manifestaciones semejantes a las del premier Gordon Brown. Y eso que se avecina un funeral por Jade Goody, que si no resulta como aquél por Diana de Gales, poco le va a faltar. El manager de la fallecida ha prometido que las exequias serán "una gran celebración" al tratarse de "la primera gran estrella de la telerrealidad".
Asistiremos, pues, a otra demostración de cómo esta sociedad mediática, con sus instituciones de gobierno al frente, adora los fenómenos masivos aunque estén protagonizados por quien El País describía hace unas semanas como "una joven profundamente inculta y hortera que hace unos años consiguió salir de la miseria gracias a la telebasura y que de la mano de los medios y la tragedia del cáncer se ha transformado en una mujer capaz de movilizar al ministro de Justicia, emocionar al primer ministro y a millones de británicos y abrir un agrio debate sobre los límites del circo mediático".
¿Llegaremos a conocer en España algo semejante?