De comentarios que escucho a mi Augusto Padre y de algunos análisis sobre la situación que se hacen en la Casa, deduzco que hay prevención ante la posibilidad de que se pida un compromiso más efectivo de Su Majestad en el combate contra la crisis económica.
No sería la primera vez. En el pasado y en épocas recientes no han faltado voces que ante situaciones de crisis o de gran zozobra nacional han pedido que el Rey haga uso de los limitadísimos poderes que le otorga la Constitución. O, más bien, de su función integradora y de equilibrio.
Cuando eso lo piden personajes públicos, como hace pocos años hizo el general Sabino Fernández Campo, planteando una intervención regia ante el desbarajuste autonómico y los excesos nacionalistas, es mejor escucharles sin hacerles caso. Eso es lo que me ha enseñado Su Majestad, quien siempre recuerda cómo en la época de Suárez atendió a quienes le animaron a frenar el deterioro político y a punto estuvo de ser responsable del golpe del 23-F.
Sí hay que prestar atención al sentimiento popular que aflora en épocas de miedo o de alarma, como ésta que atravesamos. La gente, el vulgo, dirige su mirada al que está más arriba y se pregunta ¿y el Rey qué hace? Lo más grave es que ni Su Majestad, ni Yo como Heredero podemos ponernos a explicar que no está en manos de la Corona encontrar soluciones al desempleo, a la recesión, al empobrecimiento general.
¿Cómo convencer a quienes se están viendo en situaciones desesperadas que la Corona cumple una misión simbólica, de representación de la Nación y, teóricamente, arbitral entre las instituciones? Sería peor meternos en explicaciones porque esos mismos ciudadanos no entenderían la aparente inutilidad de la Monarquía. No digamos si les explicamos que, con la Constitución en la mano, la única competencia exclusiva del Rey es declarar la guerra y firmar la paz.
Ahora bien, las cosas se están poniendo muy feas, el editorial publicado por El País del sábado es muy sintomático y empieza a resultar imperioso un esfuerzo de los políticos para aplicarse a un trabajo común. No parece fácil por la tendencia a las descalificaciones mutuas o a complicar el ambiente, como hace el ex presidente Aznar en una entrevista con la inoportuna afirmación de "Conmigo en el Gobierno no se hubiera producido esta crisis".
Creo que mi Augusto Padre va a insistir en sus próximas intervenciones públicas en llamamientos genéricos a la unidad, y que cada uno los interprete como quiera. Lo que no debe hacer es proponer fórmulas, ya sea la de un gobierno de concentración, convocatoria de elecciones generales u otra por el estilo.