
Estoy notando gran
preocupación en Su Majestad y en altos cargos de la Casa por el conflicto interno en el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), del que el periódico de Pedro J. está ofreciendo todo lujo de detalles, a cual más desalentador.
Los servicios de inteligencia son tan necesarios como discretos. Y los españoles, que siempre han gozado de gran prestigio en algunas de sus áreas de trabajo, últimamente se hacen notar demasiado. Lo cual equivale a merma de una eficacia que se pierde en pocas semanas y se recupera en meses o años.
Esa es, más o menos, la reflexión que se hace mi Augusto Padre a la vista de las numerosas noticias que se vienen publicando sobre las andanzas del director del CNI. Se trata de Alberto Saiz, un ingeniero agrónomo que colaboró con José Bono en la Junta de Castilla-La Mancha y que aquel colocó después al frente del espionaje cuando fue ministro de Defensa.
Si ya resultó ridículo el montaje fotográfico para ocultar que el señor Saiz aprovechó un viaje oficial a Senegal para dedicarse a la pesca del pez espada en un yate deportivo, lo que ahora se publica de que está sometiendo a directivos del CNI a la máquina de la verdad no hace más que desacreditar su figura y a la institución.
Hubo un tiempo en que los servicios secretos, sobre todo cuando los dirigía el general Alonso Manglano, eran muy cercanos al Rey y a su Casa. Así se mantuvo incluso en la época que estuvo al frente el primer civil, Jorge Dezcallar. Pero a raiz de los cambios habidos con los gobiernos de Rodríguez Zapatero la comunicación es menos fluida.
No es eso lo que más preocupa a mi Augusto Padre, sino que estos asuntos son observados con gran atención por las embajadas extranjeras, y el descrédito de nuestros servicios secretos afecta negativamente a la imagen exterior de nuestro país.
Por lo que se comenta en la Casa, en situaciones así lo mejor es que alguien con autoridad corte por lo sano y, sin crear más problemas internos en el CNI, enderece su funcionamiento. La cuestión, ahora, es si hay alguien con esa autoridad y esa disposición.