He aprendido de mi padre, el Rey, la atención que la Corona ha de prestar a Cataluña mediante una presencia frecuente de miembros de la Real Familia en el antiguo Principado. Así lo vengo haciendo, sobre todo aprovechando mi condición de Príncipe de Girona.
No he encontrado grandes problemas en mis visitas a tierras catalana, solo o acompañado de la Princesa. Salvo incidentes anecdóticos de jóvenes de ERC y de CiU, somos tratados con gran deferencia, eso sí, con más alusiones al Príncipe de Girona que al Príncipe de Asturias en cuanto que Heredero de la Corona de España.
Pero a la vista de la tensión política desatada ante la inminente sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, tendré que preparar con mucho más detalle las visitas a Cataluña.
Como Heredero me preocupa que la cuestión catalana, que hace años estaba tranquila, se encone cada vez más. Ignoro cuál será el pronunciamiento del TC sobre ese Estatuto que tuvo tan polémica gestación, pero mi inquietud tiene dos motivos.
El primero, que alguien ha querido que se conociera esa parte de las deliberaciones de los magistrados, por la que nos hemos enterado que hay mayoría opuesta a la definición de Cataluña como nación y a la obligatoriedad de la enseñanza del catalán.
Eso era un riesgo previsible, fruto del contenido de un Estatut más que discutible. El problema no es cambiar varios artículos de una ley, sino dar marcha atrás en las normas que la Generalitat de socialistas e independentistas ha dictado en los tres últimos años para catalanizar aquella comunidad.
Ante la eventualidad de que el TC anule esa política, ¿qué puede pasar? Pues ahí está mi segundo motivo de preocupación. El consejero de Educación de la Generalitat y destacado miembro del PSC, Ernest Maragall, anuncia un panorama inquietante. Lo de menos es que pida revisar la relación de Cataluña con España y proponga que en Madrid se instale un gobierno de coalición del PSOE y el PSC.
Leyendo el artículo que Maragall ha publicado en El País, aprecio una posición confusa e inmadura de ignorar al Estado español. Una apelación a la soberanía superior del pueblo catalán, semejante a la del fenecido Plan Ibarretxe. Y un desprecio al Tribunal Constitucional y a sus miembros, impropio de un cargo público.
Estos son algunos ejemplos de esas posiciones:
"...la futura sentencia del TC será, probablemente, la expresión última de un reflejo de resistencia española".
"Ahora toca decidir qué queremos que sea Cataluña, cómo pensamos conseguirlo, con qué herramientas, con qué amigos, con qué estrategia europea".
"¿Es que a estas alturas de la película no es ya evidente que el Tribunal Constitucional es el auténtico "rey desnudo" de nuestro sistema democrático?"
"¿Qué puede añadir la "interpretación" que hagan, por larga y enrevesada que sea, este grupo de ciudadanos tan sabios?"
"¿Debemos seguir pendientes de cada movimiento de cejas que detectamos en Madrid ...?".
Si un gobernante catalán como Maragall, de un partido, el PSC, integrado en el PSOE, dice esas cosas, ¿qué reacción podemos esperar de los gobernantes que pertenecen a ERC?