
Tengo claro que hasta que se cumplan
las previsiones sucesorias, Mi vida ha de ser un continuo aprendizaje. Materias y asignaturas para aprender no faltan. ¿Cuál me ocupa ahora? Siempre he de estar atento a más de una a la vez, pero la más reciente sobre la que centro mi aprendizaje es: qué puede hacer
en una Monarquía el Jefe del Estado cuando se debilita el Jefe del Gobierno.
La figura del jefe del Ejecutivo y los juicios sobre su gestión son cada vez más objeto de broma y mofa. Así, el anunciado cambio de la reciente ley antitabaco es motivo de sátira periodística sobre el "fumeque de finas hierbas" o de sarcasmos como el de Rajoy cuando dice que el Gobierno terminará expulsando los fumadores al Atlántico.
Esa es la cuestión política institucional más grave en estos momentos: el presidente Rodríguez Zapatero ha sufrido un considerable bajón de prestigio y autoridad, por lo tanto de popularidad, en las últimas semanas.
No se trata, y por eso le doy importancia, del debate político habitual donde las críticas se dirigen al poder, no. Lo que centra estos días mi atención y la de la Princesa son las desafecciones que sufre el Presidente del Gobierno de quienes siempre lo apoyaban o lo justificaban.
Más relevante que el goteo de ex ministros que abandonan la vida política está resultando el nuevo posicionamiento editorial de El País contra lo que considera deriva en la acción de gobierno. Síntoma de esa relevancia es lo que publicó el día 14 nada menos que The New York Times sobre la ruptura con Zapatero del más influyente periódico de España. Un enfrentamiento que, lejos de remitir, se redobla.
La cosa no ha quedado en las durísimas críticas de ese periódico al Jefe del Gobierno tras el Real Decreto sobre la TDT de pago.
De forma solemne y deliberadamente llamativa, hoy arranca El País en su primera página -cosa poco habitual- un editorial sobre la pendiente sobre la que se desliza el Gobierno con dos conlusiones: la "continuidad" de este Gobierno depende de "un cambio", de lo contrario marcha "hacia el abismo"; un cambio no sólo de "unas políticas que no se sabe bien del todo en qué consisten, sino de una forma de decidirlas y ejecutarlas que está alcanzando unos niveles de confusión sin precedentes".
Y es sólo el primero de dos artículos.